Camino de la Cruz

Via Crucis - Via Dolorosa

"Vía Crucis" latín de "Camino de la Cruz" . También conocido como "Estaciones de la Cruz" y "Vía Dolorosa". Se trata de un camino de oración que busca adentrarnos en la meditación de la Pasión de Nuestro Seńor Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de imágenes de la Pasión o "Estaciones" correspondientes a incidentes particulares que Jesús sufrió por nuestra salvación.
 
Jesus con la corona de espinas
 
La costumbre de rezar las Estaciones de la Cruz posiblemente comenzó en Jerusalén. Ciertos lugares de La Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI) fueron reverentemente marcados desde los primeros siglos. Hacer allí las Estaciones de la Cruz se convirtió en la meta de muchos peregrinos desde la época del emperador Constantino (Siglo cuarto).
 
Desde el siglo doce los peregrinos escriben sobre  la "Vía Sacra", como una ruta por la que pasaban recordando la Pasión. No sabemos cuando surgieron las Estaciones según las conocemos hoy, ni cuando se les comenzó a conceder indulgencias pero probablemente fueron los Franciscanos los primeros en establecer el Vía Crucis ya que a ellos se les concedió en 1342 la custodia de los lugares mas preciados de Tierra Santa.

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La Primera Estación

Jesús es condenado a muerte

La Primera Estacion

Pilato entonces reunió a los jefes de los sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, y les dijo: Ustedes me trajeron a este hombre acusado de fomentar la rebelión entre el pueblo, pero resulta que lo he interrogado delante de ustedes sin encontrar que sea culpable de lo que ustedes lo acusan. Y es claro que tampoco Herodes lo ha juzgado culpable, puesto que nos lo devolvió. Como pueden ver, no ha cometido ningún delito que merezca la muerte, así que le daré una paliza y después lo soltaré.
 
Pero todos gritaron a una voz: ¡Llévate a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!

A Barrabás lo habían metido en la cárcel por una insurrección en la ciudad, y por homicidio. Pilato, como quería soltar a Jesús, apeló al pueblo otra vez, pero ellos se pusieron a gritar: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
 
Por tercera vez les habló: Pero, ¿qué crimen ha cometido este hombre? No encuentro que él sea culpable de nada que merezca la pena de muerte, así que le daré una paliza y después lo soltaré. (Lc 23, 13-22)
 
Desde entonces Pilato procuraba poner en libertad a Jesús, pero los judíos gritaban desaforadamente: Si dejas en libertad a este hombre, no eres amigo del *emperador. Cualquiera que pretende ser rey se hace su enemigo.

Al oír esto, Pilato llevó a Jesús hacia fuera y se sentó en el tribunal, en un lugar al que llamaban el Empedrado (que en arameo se dice Gabatá). Era el día de la preparación para la Pascua, cerca del mediodía.
 
Aquí tienen a su rey — dijo Pilato a los judíos.

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo! — vociferaron.
 
¿Acaso voy a crucificar a su rey? — replicó Pilato.
 
No tenemos más rey que el emperador romano — contestaron los jefes de los sacerdotes.

Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y los soldados se lo llevaron. (Jn 19, 12-16)

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La Segunda Estación

Jesús toma Su Cruz  

La Segunda Estacion

Dirigiéndose a todos, declaró: Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. (Lc 9, 23)
 
Cuando ya los habían sacado de la ciudad, uno de los ángeles le dijo: ¡Escápate! No mires hacia atrás, ni te detengas en ninguna parte del valle. Huye hacia las montañas, no sea que perezcas. (Jn 19, 17)

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La Tercera Estación

Jesús cae bajo el peso de la Cruz

La Tercera Estacion

Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. (Is 53, 5)
 
Por causa de tu indignación no hay nada sano en mi cuerpo; por causa de mi pecado mis huesos no hallan descanso.
 
Estoy agobiado, del todo abatido; todo el día ando acongojado.
 
Estoy ardiendo de fiebre; no hay nada sano en mi cuerpo.

Mis amigos y vecinos se apartan de mis llagas; mis parientes se mantienen a distancia.
 
Tienden sus trampas los que quieren matarme; maquinan mi ruina los que buscan mi mal y todo el día urden engaños. (Ps 38, 3, 6-7, 11-12)

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La Cuarta Estación

Jesús encuentra a Su Santa Madre

La Cuarta Estacion

Simeón les dio su bendición y le dijo a María, la madre de Jesús: «Este niño está destinado a causar la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y a crear mucha oposición, a fin de que se manifiesten las intenciones de muchos corazones. En cuanto a ti, una espada te atravesará el alma.» (Lc 2, 34-35)
 
«Fíjense ustedes, los que pasan por el camino: ¿Acaso no les importa? ¿Dónde hay un sufrimiento como el mío, como el que el Señor me ha hecho padecer, como el que el Señor lanzó sobre mí en el día de su furor? (Lam 1, 12)
 
¿Qué puedo decir de ti, bella Jerusalén? ¿A qué te puedo comparar? ¿Qué ejemplo darte como consuelo, virginal ciudad de Sión? Profundas como el mar son tus heridas. ¿Quién podría devolverte la salud? (Lam 2, 13)

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La Quinta Estación

Simón el Cirineo ayuda a Jesús a cargar la Cruz  

La Quinta Estacion

Al salir encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. (Mt 27, 32)
 
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. (Mt 10, 37-38)
 
Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo. (Gal 6, 1-2)

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La Sexta Estación

Santa Veronica limpia el Rostro de Jesús  

La Sexta Estacion

El corazón me dice: «¡Busca su rostro!» Y yo, Señor, tu rostro busco. No te escondas de mí; no rechaces, en tu enojo, a este siervo tuyo, porque tú has sido mi ayuda. No me desampares ni me abandones, Dios de mi salvación. (Ps 27, 8-9)
 
Muchos se asombraron de él, pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto! Del mismo modo, muchas naciones se asombrarán, y en su presencia enmudecerán los reyes, porque verán lo que no se les había anunciado, y entenderán lo que no habían oído. (Is 52, 14-15)

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La Séptima Estación

Jesús cae de nuevo bajo el peso de la Cruz  

La Septima Estacion

Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros.
 
Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. (Is 53, 6-7)
 
Me estoy hundiendo en una ciénaga profunda, y no tengo dónde apoyar el pie. Estoy en medio de profundas aguas, y me arrastra la corriente.
 
Cansado estoy de pedir ayuda; tengo reseca la garganta. Mis ojos languidecen, esperando la ayuda de mi Dios.
 
Más que los cabellos de mi cabeza son los que me odian sin motivo; muchos son los enemigos gratuitos que se han propuesto destruirme. ¿Cómo voy a devolver lo que no he robado?
 
Oh Dios, tú sabes lo insensato que he sido; no te puedo esconder mis transgresiones.
 
Señor Soberano, Todopoderoso, que no sean avergonzados por mi culpa los que en ti esperan; oh Dios de Israel, que no sean humillados por mi culpa los que te buscan.
 
Por ti yo he sufrido insultos; mi rostro se ha cubierto de ignominia.
 
Soy como un extraño para mis hermanos; soy un extranjero para los hijos de mi madre. (Ps 69, 2-8)

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La Octava Estación

Jesús conforta a las mujeres de Jerusalén

La Octava Estacion

Lo seguía mucha gente del pueblo, incluso mujeres que se golpeaban el pecho, lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Miren, va a llegar el tiempo en que se dirá: "¡Dichosas las estériles, que nunca dieron a luz ni amamantaron!"
 
Entonces "dirán a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a las colinas: ¡Cúbrannos!"

Porque si esto se hace cuando el árbol está verde, ¿qué no sucederá cuando esté seco?
 
También llevaban con él a otros dos, ambos criminales, para ser ejecutados. (Lc 23, 27-32)

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La Novena Estación

Jesús cae una vez mas bajo el peso de la Cruz  

La Novena Estacion

Pero yo tropecé, y ellos se alegraron, y a una se juntaron contra mí.
  
Gente extraña, que yo no conocía, me calumniaba sin cesar.
 
Me atormentaban, se burlaban de mí, y contra mí rechinaban los dientes. (Ps 35, 15-16)
 
Los fuertes en la fe debemos apoyar a los débiles, en vez de hacer lo que nos agrada. Cada uno debe agradar al prójimo para su bien, con el fin de edificarlo. Porque ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo sino que, como está escrito: «Sobre mí han recaído los insultos de tus detractores.» (Rom 15, 1-3)

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La Décima Estación

Jesús es despojado de Sus Vestiduras

 
La Decima Estacion
Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su manto y lo partieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. Tomaron también la túnica, la cual no tenía costura, sino que era de una sola pieza, tejida de arriba abajo.
 
No la dividamos — se dijeron unos a otros. Echemos suertes para ver a quién le toca.

Y así lo hicieron los soldados. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: «Se repartieron entre ellos mi manto, y sobre mi ropa echaron suertes.» (Jn 19, 23-24)

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La Undécima Estación

Jesús es clavado en la Cruz

La Undecima Estacion

Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, junto con los criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda.
 
Padre — dijo Jesús, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
 
Mientras tanto, echaban suertes para repartirse entre sí la ropa de Jesús. (Lc 23, 33-34)
 
Encima de su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: «"Éste es Jesús, el Rey de los judíos".»(Mt 27, 37).
 
Los que pasaban meneaban la cabeza y blasfemaban contra él.
  
¡Eh! Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes — decían, ¡baja de la cruz y sálvate a ti mismo!
 
De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes junto con los maestros de la ley.
 
Salvó a otros — decían, pero no puede salvarse a sí mismo! Que baje ahora de la cruz ese Cristo, el rey de Israel, para que veamos y creamos.
 
También lo insultaban los que estaban crucificados con él.
 
Desde el mediodía y hasta la media tarde quedó toda la tierra en oscuridad. (Mk 15, 29-33)

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La Duodécima Estación

Jesús muere en la Cruz

La Duodecima Estacion

A las tres de la tarde Jesús gritó a voz en cuello: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"). (Mk 15, 34)
 
Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó sumida en la oscuridad, pues el sol se ocultó. Y la cortina del santuario del templo se rasgó en dos. Entonces Jesús exclamó con fuerza: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!
  
Y al decir esto, expiró. El centurión, al ver lo que había sucedido, alabó a Dios y dijo: Verdaderamente este hombre era justo. (Lc 23, 44-47)
 
Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios! (Rom 5, 8-9)

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La Decimotercera Estación

Jesús es bajado de la Cruz

La Decimotercera Estacion

El corazón me dice: «¡Busca su rostro!» Y yo, Señor, tu rostro busco. No te escondas de mí; no rechaces, en tu enojo, a este siervo tuyo, porque tú has sido mi ayuda. No me desampares ni me abandones, Dios de mi salvación. (Ps 27, 8-9)
 
Muchos se asombraron de él, pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto!
 
Del mismo modo, muchas naciones se asombrarán, y en su presencia enmudecerán los reyes, porque verán lo que no se les había anunciado, y entenderán lo que no habían oído. (Is 52, 14-15)

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La Decimocuarta Estación

Jesús es colocado en el Sepulcro 

La Decimocuarta Estacion

José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia60 y lo puso en un sepulcro nuevo de su propiedad que había cavado en la roca. Luego hizo rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro, y se fue. Allí estaban, sentadas frente al sepulcro, María Magdalena y la otra María. (Mt 27, 59-61)
 
Así que ellos fueron, cerraron el sepulcro con una piedra, y lo sellaron; y dejaron puesta la guardia. (Mt 27, 66)

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Veritas, 23 de febrero de 2008
 
Veritas - Magnificat anima mea Dominum - revista católica

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