Vaticano, 8 de abril de 2008 (ACI
Prensa) - El Papa Benedicto XVI aseguró que el
siglo XXI "se ha abierto en el signo del martirio" y explicó que "cuando los
cristianos son verdaderamente levadura, luz y sal de la tierra, se vuelven
también, como Jesús, objeto de persecución, signo de contradicción".
El Santo Padre visitó la Basílica romana de San Bartolomé en la Isla
Tiberina, con motivo del 40º aniversario de la Comunidad de San Egidio,
donde presidió una celebración de la Palabra en memoria de los Testigos de
la Fe de los siglos XX y XXI.
En esta cita aseguró que "la convivencia fraternal, el amor, la fe, las
tomas de posición a favor de los más pequeños y pobres suscitan a veces una
aversión violenta. ¡Qué útil es entonces mirar al testimonio luminoso de los
que nos han precedido en nombre de una fidelidad heroica hasta el
martirio!".
Meditando sobre el lugar, que recuerda a los cristianos sacrificados por la
fe, el Papa cuestionó: "¿Por qué estos mártires hermanos nuestros no han
intentado salvar a toda costa el bien insustituible de la vida? ¿Por qué han
seguido sirviendo a la Iglesia no obstante las graves amenazas y las
intimidaciones?".
"Aquí sentimos resonar el testimonio elocuente de aquellos que, no sólo en
el siglo XX, sino desde el principio de la Iglesia, viviendo el amor han
ofrecido en el martirio su vida a Cristo" y "han lavado sus túnicas
blanqueándolas con la sangre del Cordero", indicó.
En esta última frase del Apocalipsis, dijo el Santo Padre, está la respuesta
al porqué del martirio. El lenguaje cifrado de San Juan contiene "una
referencia precisa a la llama blanca del amor que llevó a Cristo a derramar
su sangre por nosotros. En virtud de esa sangre fuimos purificados.
Fijándose en esa llama, también los mártires derramaron su sangre y se
purificaron en el amor".
Benedicto XVI recordó después la frase de Cristo "Nadie tiene amor más
grande que el de dar uno la vida por sus hermanos" y subrayó que "todos los
testigos de la fe viven este "amor más grande", conformándose a Cristo y
"aceptando el sacrificio hasta el final, sin poner límites al don del amor y
al servicio de la fe".
"Deteniéndonos ante los seis altares que recuerdan a los cristianos caídos
bajo la violencia totalitaria del comunismo, del nazismo, a los asesinados
en América, en Asia y Oceanía, en España y México, en África, recorremos
idealmente muchos acontecimientos dolorosos del siglo pasado. Muchos cayeron
mientras cumplían la misión evangelizadora de la Iglesia; su sangre se
mezcló con la de los cristianos autóctonos a los que habían comunicado la
fe", agregó.
Asimismo, el Santo Padre recordó que "otros, a menudo en condiciones de
minoría fueron asesinados por odio a la fe. Y no son pocos los que se
inmolaron por no abandonar a los necesitados y a los fieles que les habían
sido confiados sin temor a amenazas o peligros. Estos hermanos y hermanas
nuestros en la fe forman un gran fresco de la humanidad cristiana del siglo
XX, un fresco de las Bienaventuranzas, vivido hasta el derramamiento de
sangre".
"Aparentemente la violencia, los totalitarismos, la persecución, la ciega
brutalidad parecen más fuertes, acallando la voz de los testigos de la fe,
que humanamente pueden parecer derrotados por la historia. Pero Jesús
resucitado ilumina su testimonio y así comprendemos el sentido del martirio:
la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. En la derrota y
en la humillación de cuantos sufren por el Evangelio actúa una fuerza que el
mundo no conoce. Es la fuerza del amor, inerme y victorioso, incluso en la
aparente derrota. Es la fuerza que desafía y vence a la muerte", continuó el
Papa.
El Pontífice finalizó su homilía invitando a los miembros de la Comunidad de
San Egidio a "imitar el coraje y la perseverancia" de los mártires en
"servir al Evangelio, especialmente entre los más pobres" y a ser
"constructores de paz y de reconciliación entre los que son enemigos o se
combaten".