Vaticano, 23 de amrzo de 2008
(ACI) - Al mediodía de hoy (hora de Roma), el Papa
Benedicto XVI dirigió a los miles de peregrinos presentes en la Plaza de San
Pedro y a todos los fieles católicos del mundo su mensaje "Urbi et orbi"
para la Pascua de Resurrección 2008. El Pontífice deseó asimismo una Feliz
Pascua en 63 lenguas diferentes.
A continuación las palabras del Santo Padre:
"Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre
contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y
resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual.
Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.
"Resurrexi et adhuc tecum sum". "He resucitado y aún y siempre estoy
contigo". Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138
(v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir
el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que,
resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y
exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo
estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca.
Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo:
"Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te
encuentro...Por que ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como
el día; para ti las tinieblas son como luz" (Sal 138, 8.12). Es verdad: en
la solemne Vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche
cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo
de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria
del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha
cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado
sentido y valor a la vida del hombre.
"He resucitado y estoy aún y siempre contigo". Estas palabras nos invitan a
contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz.
Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de
Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo
misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus
oyentes: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que
el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar" (Mt 11,27).
En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús
resucitado al Padre, –"Estoy aún y siempre contigo"– nos concierne también a
nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente
participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17).
Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos
hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro
deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno
y misericordioso.
Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento
sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento
de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo;
amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros;
amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo
transfigurado.
Y todavía más: amor del Padre que "vuelve a abrazar" al Hijo envolviéndolo
en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre
revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace
revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un
llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el
odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por
nuestra salvación, a imitar al Redentor "manso y humilde de corazón", que es
descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).
Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y
mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el
corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y
resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para
cada ser humano.
Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús
resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y
nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin
del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas
de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del
sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando
a la humanidad, también en nuestros días.
En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia
infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de
los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la
libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su
aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en
lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3).
Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la
respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y
entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que
colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones
interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él,
nuestra esperanza, "fuimos salvados" (cf. Rm 8,24)
Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están
marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de
estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en
todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente
escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables
hermanos y hermanas nuestros.
Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del
Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos,
siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se
comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor
signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los
conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe
siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se
multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de
este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para
que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de
nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las
partes del mundo.
No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas
regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio,
especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet,
regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden
el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por
intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la
Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la
alegría inefable de su resurrección.
Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y
nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis
anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los
hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través
de la radio y de la televisión. ¡Feliz Pascua!"