Vaticano, 7 de abril de 2008 (ACI
Prensa) - El Papa Benedicto XVI recordó que la
Iglesia tiene "el deber primario" de acercarse a las personas que sufren por
el divorcio y el aborto; y explicó que "el ‘no’ que la Iglesia pronuncia en
sus indicaciones morales y sobre el que a veces se fija unilateralmente la
atención de la opinión pública es en realidad un gran ‘sí’ a la dignidad de
la persona, a su vida y su capacidad de amar".
El Pontífice hizo estas declaraciones al recibir a los 300 participantes en
el Congreso Internacional "El aceite sobre la heridas, una respuesta a las
llagas del aborto y del divorcio", promovido por el Pontificio Instituto
Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, en
colaboración con los Caballeros de Colón.
El Papa reconoció que estos temas "comportan tantos sufrimientos en la vida
de las personas, de las familias y de la sociedad", y recordó que "en el
debate, a menudo puramente ideológico" sobre estas cuestiones, se crea
frente a sus protagonistas "una especie de conjura del silencio. Sólo con la
actitud del amor misericordioso nos podemos acercar a ellos para ayudarles y
permitir a las víctimas que se levanten y reanuden el camino de la
existencia".
"En un contexto cultural caracterizado por un individualismo creciente, por
el hedonismo y, demasiado a menudo, también por la falta de solidaridad y de
adecuada ayuda social", dijo el Papa, las personas toman "decisiones que
contrastan con la indisolubilidad del pacto conyugal o con el respeto debido
a la vida humana apenas concebida y custodiada en el seno materno".
El Santo Padre precisó que "el divorcio y el aborto son decisiones
ciertamente diferentes maduradas a veces en circunstancias difíciles y
dramáticas, que a menudo llevan aparejados traumas y son fuente de
sufrimientos profundos para quien las toma. En todos dejan heridas que
marcan de forma indeleble la vida".
En este sentido, recordó que "el juicio ético de la Iglesia sobre el aborto
y el divorcio es notorio: se trata de culpas graves que, de forma diversa y
teniendo en cuenta la valoración de las responsabilidades subjetivas,
lesionan la dignidad de la persona, implican una injusticia profunda en las
relaciones humanas y sociales y ofenden a Dios, garante del pacto conyugal y
autor de la vida".
Sin embargo, precisó que "la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Divino
Maestro, ve siempre a la persona concreta, sobre todo a las más débiles e
inocentes y también a los hombres y mujeres que realizando esas acciones se
han manchado de culpas de las que llevan las heridas interiores y buscan la
paz y la posibilidad de una recuperación".
"La Iglesia tiene el deber primario de acercarse a estas personas con amor y
delicadeza, con cuidado y atención maternal para anunciar la cercanía
misericordiosa de Dios en Jesucristo. Sí, el evangelio del amor y de la vida
es siempre también el evangelio de la misericordia" y "a partir de esta
misericordia la Iglesia cultiva una indomable confianza en el ser humano y
en su capacidad de recuperación. Sabe que con la ayuda de la gracia, la
libertad humana es capaz del don de sí definitivo y fiel, que hace posible
el matrimonio de un hombre y una mujer como pacto indisoluble y en las
circunstancias más difíciles, de gestos extraordinarios de sacrificio y de
solidaridad para acoger la vida de un nuevo ser", señaló.
Centrándose en las consecuencias del divorcio, el Santo Padre recomendó que
la atención pastoral se centrase en que "los hijos no sean víctimas
inocentes de los conflictos entre los padres que se divorcian" y que "se
garantice lo más posible la continuidad del lazo con sus progenitores y con
los orígenes familiares y sociales, que es indispensable para un crecimiento
psicológico y humano equilibrado".
"¡Cuántas complicidades egoístas están a menudo en la raíz de una decisión
terrible que tantas mujeres han tenido que afrontar solas y de la que llevan
en el ánimo una herida que todavía no ha cicatrizado!", exclamó hablando del
aborto, y haciendo suya la exhortación de Juan Pablo II en la "Evangelium
vitae" a las mujeres que habían recurrido al aborto, dijo: "¡No os dejéis
vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza! El Padre de toda
misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de
la reconciliación".
Finalmente, manifestó su aprecio por "todas las iniciativas pastorales y
sociales dedicadas a la reconciliación y al cuidado de las personas heridas
por el drama del aborto y el divorcio", y aseguró que "son elementos
esenciales para la construcción de la civilización del amor que hoy como
nunca antes necesita la humanidad".